viernes, 9 de marzo de 2012

CENSORES +QUEMADOS, O EL AGUA DE LOS FLOREROS. Miguel Ángel Sosa


       
CENSORES   

     


Es tan alucinante –y al mismo tiempo tan tristemente previsible- que un organismo público censure el contenido de una página web dedicada a la opinión, a la poesía, a la literatura o al simple –y noble, y valiente- hecho de compartir sueños e inquietudes en una sociedad de cibernautas solitarios, que no queda sino el placer de reírse a carcajadas y consignarlo por escrito. No recuerdo quién dijo que la escritura era el arte de repetir lo evidente; probablemente ese lúcido cascarrabias que fue, que es, Thomas Bernhard. Tal vez me equivoque, pero en fin. Repetir lo evidente. Tomar aire antes de lanzarse a las en ocasiones fangosas piscinas de la realidad. La censura ya es triste como coño de abadesa, e igual de inútil: censurar palabrotas a chavales que viven ahítos de violencia, ungidos de mala leche, atravesados de videojuegos y noticias empapadas en sangre y películas en las que se glorifica un fascismo ramplón de pistolazo, metralleta y bomba, chavales que se han acostumbrado a agredir físicamente a sus propios padres –hay incluso un programa de televisión sobre ello-, y que consumen pornografía como en otros tiempos se consumían gominolas o pipas, y que saben que ni la policía puede tocarlos, gozando de una impunidad guasona, sonriente, espontánea. Chavales que saben de cocaína más que de Lope de Vega y de marcas de alcohol barato bastante más que de lírica contemporánea. Esta estúpida censura, decía, solo pone de manifiesto el ejercicio de un poder supuestamente otorgado en las urnas por millones de ciudadanos de un estado de derecho, en este caso de la autonomía más poblada de España.
         Claro que es más que dudoso que esos ciudadanos hayan votado el derecho a que sus gobernantes ejerzan tal censura, máxime cuando disfrutamos de un Gobierno en el que según no paran de cacarear por activa y por pasiva lo que debe primar es la transpariencia, la integridad, la honestidad. Y ahora, el descojone: correcto que se persigan cosas como la pornografía infantil, los contenidos racistas y xenófobos (que no tienen ya sentido en una sociedad multirracial y multicultural como es, y siempre ha sido, la española), la apología del terrorismo, etc. Hasta ahí todo bien. Pero que se censure a alguien por el hecho de utilizar palabrotas –falta de ponderación en el vocabulario- (que vienen en el D.R.A.E), o recursos como la ironía o el sarcasmo a la hora de expresarse en una página web, manda cojones. Sin olvidar que una sociedad que no sabe reírse de sí misma está doblemente enferma.
         Se aduce que desde las bibliotecas públicas los menores pueden tener acceso a estos contenidos, y por lo tanto el sistema bloquea ciertas páginas. Si uno se da una vuelta por cualquier biblioteca pública de España, los usuarios de ordenadores no son precisamente críos de 6 años recién despojados del chupete, sino chavales jóvenes que responden al perfil descrito más arriba, o que simplemente están intentando hacer algún trabajo, o niñas escribiendo correos electrónicos o mensajitos al noviete al que acaban de dejar en el banco del parque, o señores/ señoras/ señoritas de las más diversas edades consultando cualquier cosa. No hay niños de teta al pie del teclado.
         Lo que sucede es que los responsables de cultura de la Junta no suelen darse un paseo por las bibliotecas como no sea con motivo de alguna inauguración o presentación de lo que sea, es decir, con la sana intención de posar para la foto de turno (foto que nadie va a censurar, por supuesto, salvo tal vez alguno de los medios de comunicación ligados a la oposición).De modo que se limitan a ordenar desde sus despachos que se vigile, modelo Gran Hermano (o Gran Jermano, disho en andalú) el amperaje de la corrección política de los contenidos a los que el usuario pueda tener acceso. Y no estoy hablando de bajarse de Internet orgías en Tailandia (o en Las Rozas) con menores de catorce años, sino de echarle un vistazo a blogs donde se utilizan, con la libertad que supuestamente garantiza la Constitución, palabras más o menos contundentes, pero tan castizamente españolas como los toros o el día de las Fuerzas Armadas. Expresarse libremente es un derecho, como el de tener una vivienda digna o un puesto de trabajo y no ser discriminado por razón de edad, sexo, raza o creencias políticas o religiosas. Pero estos señores, sencillamente, parece que se ciscan en todo ello, alegremente, con la impunidad que les confiere el haber sido votados en las urnas. O dicho en fino: que se están cagando tranquilamente en la puta madre que nos parió a todos, y aquí no pasa nada.
         La democracia es una cosa muy seria, señores, y con las cosas de comer no se juega. Lo digo sobre todo por ustedes, que comen de puta madre a cargo de mi bolsillo y del de unos cuantos millones de vecinos. En tanto que pago impuestos, exijo mi derecho a poder verle una teta a Carla Bruni desde un ordenador de biblioteca pública o de enseñarle a mis hijos la profunda hermosura y plasticidad de un idioma que ciertos meapilas insisten en convertir en tibia leche desnatada. Los mismos que prohibirían a gente como Don Francisco de Quevedo, o al maestro Pérez Reverte, con toda su descarnada valentía sin concesiones. Los mismos que luego se cabrean si salen a la luz las facturas de marisquerías de lujo, tiendas exclusivas, billetes de avión y estancias de hotel con campo de golf y spa incorporado, sin contar las putas que todos, absolutamente todos, incluyendo al mendigo de la esquina, pagamos a base de impuestos directos o indirectos, sea en la ventanilla/ guillotina de hacienda o sea con el cartón de vino comprado en la tiendecilla del barrio. Eso por no hablar de trapicheos con multinacionales o traficantes de armas o de droga que financian lo que haya que financiar a cambio de.
         Censores que no quieren ser censurados. Y no nos detendremos ahora en la censura ideológica con que nos insultan ciertas televisiones, emisoras de radio, editoriales, periódicos o mafias de la fe.
         En resumen: pobrecita la puta que los parió a todos, llamada democracia. Le han salido hijos chulos.



          QUEMADOS, O EL AGUA DE LOS FLOREROS




          En ocasiones, en tantas ocasiones como gotas de lluvia tabaleando en el patio de esta casa solitaria donde escribo, se cansa uno de tanta desesperanza, de tanta ira contenida, de la sordidez vengativa, atrabiliaria y funcionalmente analfabeta del prójimo. Nunca entendí la solidez de la fe de un escritor como Benedetti en el futuro del hombre, esa ciega confianza en el progreso, en el futuro, en un devenir de días mejores. Hace media vida, cuando yo andaba por  los 18 años, la juventud no era este despropósito, esta panoplia de gente quemada, resabiada, escéptica, materialista y agresivamente conformista que nos rodea. No en general, como ahora. Se leía más, se veía menos telebasura, no había Internet al alcance de cualquiera, la gente era más participativa, se tocaba más y se miraba más a la cara. Y sobre todo, tenía los redaños de irse de la casa paterna antes de los 40 años. Se puede entender que la cosa está difícil, qué digo, jodidísima, que no hay trabajo, que los bancos, esas hermanitas de la Caridad, se han convertido en cajas fuertes para los que tienen viruta de sobra y no dan ni cinco duros si no tienes un chalet en propiedad –y a veces ni así-, que los políticos están en lo de siempre, que no es el diálogo entre partidos ni la mejora del gobierno de este desgraciado país de los cojones –y lo digo con rabia unamuniana porque a pesar de todo es mi país, y no hablo de geografía, sino de cultura-, sino retándose a ver quién la tiene más grande y a quién se le nota menos lo que roba con tan sangrante y evidente desparpajo, amparados en leyes que funcionan con la solvencia esquizofrénica de una tragaperras –no hay más que darse una vuelta por cualquier cárcel; que le hablen de leyes contra la violencia de género al hombre que se ha chupado tres años de maco por una falsa denuncia de su exmujer, dada a autolesionarse y a ponerse hasta el culo de copas (el ejemplo es real, dolorosamente real y muy cercano). Pero esta juventud atrincherada en la indiferencia, podrida de PlayStations, teléfonos móviles de última generación, obsesionada con el dinero, con la Visa oro, el coche nuevo, la conexión de banda ancha, la botellona de los fines de semana por decreto no escrito en la que suelen acabar potando una mezcla de whisky con cocacola y vacío existencial –dentro de unos pocos años veremos a gente de veinticinco años con las manos temblonas endiñándose tres copas de Machaco en cada bar de la esquina, y sé de lo que hablo-, esta gente, decía, ¿es el futuro? Por supuesto, estoy generalizando un poco. Pero es una generalización que abarca a un tanto por ciento de jóvenes –y no tan jóvenes- preocupantemente amplio. La expresión popular “beberse hasta el agua de los floreros” pierde aquí su retranca jocosa para convertirse en la amarga certeza de un fracaso prematuro. El sistema educativo, esa mierda complaciente en la que a los profesores los brean a hostias y no pasa nada –porque no pasa nada, y si pasa algo es de risa, y ciertas depresiones no se quitan ni con un quintal de pastillas, sino a lo mejor dándole de hostias a quien te ha agredido-, no ayuda, no sirve, es ineficaz, está obsoleto, es más inútil que la fe en la castidad de cierto arzobispo al que ví hace años en un puticlub de Granada, es la vergüenza de una Europa que nos lleva los cuarenta años de adelanto en que tuvimos bajo palio al César Visionario en muchos aspectos, aunque aquí se coma y se viva, en general, de puta madre y con musho solesito, es, en fin, un cáncer en plena metástasis. Y lo peor es que a casi todo el mundo se la suda.
         De modo que seguiremos viendo pasar coches a toda hostia por la calle, la música a todo volumen, en plan gallito; seguiremos viendo a mendigos quemados vivos por niñatos en los cajeros automáticos, profesoras de instituto apaleadas y grabadas con el móvil de la Maritrini o del Josechu o del Kevin Costner de Jesús –el nombre no es inventado-, padres apabullados, amenazados, chantajeados por un billete de cincuenta aurelios para el sábado noche, colas de miles de jóvenes para los castings de Operación Triunfo 68ª edición o Gran Hermano 7294, estudiantes de Filología Hispánica –si es que sigue existiendo- con faltas de ortografía y estudiantes de Filología Inglesa que no sobrevivirían ni dos minutos en el centro de Londres si no estuviese papá al otro lado del teléfono o de la Western Union, niñas de quince años que tienen dinero para comprarse unos pendientes D&G pero no para condones a la hora de echarle un alegre casquete al chaval que las va a dejar embarazadas, y hasta, se supone que en reacción a tanta falta de bondad y sensatez y generosidad cristianas, Clubes de Castidad –esto no es nuevo-. De modo que renuncio. No me siento viejo, pero sé que tampoco soy joven (hay días que me levanto con 137 años y medio). Y cada día me siento más extraterrestre entre la peña que pulula por las calles. Cada día los entiendo menos. Me resultaría virtualmente imposible escribir una novela sobre la juventud actual (Historias del Kronen, en su día, me pareció el colmo de la ineptitud, y estoy hablando de un libro que fue premiado con el Nadal) por la sencilla razón de que no sé lo que hay dentro de la cabeza del personal, aunque pueda intuirlo, o más bien imaginarlo. Solamente podría hablar de mí mismo y de los de mi generación. No éramos perfectos, para nada, pero éramos otra cosa. Estábamos hechos de otra pasta, aunque también bebiéramos como cosacos y fumáramos como indios cabreados. No teníamos móvil, ni casi dinero, ni por supuesto coche, pero sí que teníamos imaginación, eso que al personal de hoy en día le han amputado a cambio de un bienestar de espejismo, de una felicidad vicaria, de la hipoteca de lo que debieran ser las ilusiones, sueños, proyectos y esperanzas de cualquier joven.
         En el fondo no me extraña que se beban hasta el agua de los floreros. Lo malo va a ser la resaca, que a medida que pasan los años deja de tener piedad. Lo malo va a ser el fin de fiesta, cuando la chati se largue a follar con otro porque uno no esté ya para comprar más pendientes de oro ni otro Hyundai Coupé nuevecito. Lo malo va a ser, como decía Sartre, la hora de las ojeras y de las manos sucias.

 MIGUEL ÁNGEL SOSA



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